El viernes a la noche, antes de irme a acostar, noté la presencia de un extraño insecto apoyado del lado izquierdo de la pared sobre la que da el monitor de mi computadora.
De color verde, con unas alas sospechosas, despertó mi instinto de supervivencia y terminó literalmente aplastado en el exacto rincón sobre el que segundos antes se posaba. El golpe fue tan certero que la lámina en que quedó convertido no llegó a distorsionar en absoluto sus formas, iniciando a partir de entonces un proceso de secado que al día de hoy parece haber concluido.
El hecho es que tengo a Pedro (así lo bauticé) en el ángulo superior izquierdo de mi monitor y cada tanto, involuntariamente, se cruza con mi mirada. Más de una vez he pensado en ir a buscar un trapo para hacerlo desaparecer, pero por uno u otro motivo no me decido a hacerlo. Me pregunto si tal vez algún día alguien lo mirará con la misma fascinación con que yo mismo contemplé unas hojas de helechos del Triásico en Ischigualasto y si terminará petrificado y acaso sobrevivirá a su verdugo y al monitor que oficia de centinela a escasos centímetros. Porque claro, uno decide dar muerte a un pobre insecto, pero no decide las consecuencias que ese mísero acto puede eventualmente acarrear. Como decía, podría ir a buscar un trapo y terminar con todo el asunto y dejar toda esta serie de disquisiciones banales a un lado. Pero por alguna razón no lo hago, y me pregunto cómo terminará la historia de Pedro y la mía. Verlo posado sobre la pared me generó el impulso de aplastarlo. Verlo aplastado contra la pared me inclina, en cambio, hacia los caprichos del azar.
lunes, 18 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
Terapia
Hace ya un tiempo que noto cierto patrón en mis sesiones con el analista y es que se extienden bastante más de la cuenta. Digamos, una sesión de 30 minutos suele durar 40, incluso a veces 45. No tengo la más remota idea de si esto es algo normal, una suerte de estándar para los analistas, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces es casi criminal cortar cierta hilación de un paciente que acaba de entrar en arenas movedizas. Pero el punto que quería remarcar es que me gusta sentir que mi analista se engancha con lo que le estoy contando, no porque eso sea importante en sí (lo importante en una terapia soy yo, y la capacidad de mi analista de ayudarme a pensar) sino porque la impresión de que es así facilita el hecho de soltarme e intentar comunicar al menos una parte de mí. Y digo una parte porque claro, las cosas que tendría que contar son tantas y por momentos es tan difícil tratar de hacerle entender a otro qué cosas se han vivido, por qué se actúa como se actúa y, finalmente, cuáles son los pequeños y grandes acontecimientos que lo han llevado a uno a ser quien es, que a veces no dan ni ganas de empezar. Lograr esa transferencia de emociones es una de las cosas más complicadas del mundo. Con todo, el intento quizás valga la pena. Aunque más no sea para escucharse a uno mismo en voz alta y en compañía de un testigo (asumámoslo) calificado.
lunes, 7 de febrero de 2011
jueves, 3 de febrero de 2011
Reflexiones de un jueves por la tarde
Leyendo algunas cosas sobre Led Zeppelin y una posible reunión y gira mundial de la banda me enteré de que en el concierto del 2007 en el O2 Arena de Londres quien se había encargado de tocar la bateria en reemplazo del legendario y fallecido John Bonham había sido nada menos que su hijo, Jason. Sentí algo de curiosidad, googleé el nombre y fui a parar a la página oficial del tipo. Ahí me encontré con un texto en Bio que en su segundo párrafo decía esto: "A lot of talented children have probably been asked by a parent to entertain family and friends, maybe in the living room, maybe sing a little, play an instrument. No big deal and a good way to get used to performing for others. But when Jason Bonham was a small child and got called in to entertain, the family friends he played his drums for could be anyone from Jimmy Page to some of the guys from the group Bad Company. That's what happens when your father is drummer John Bonham, one of the original members of the legendary rock band Led Zeppelin". Sé que muchas veces la fama o notoriedad de un padre puede resultar un peso, pero no pude evitar pensar en lo diferente que debe verse el mundo siendo hijo de un hombre que lleva a su living a tipos como Jimmy Page. Evidententemente la perspectiva desde la cual se vive tiene que ser muy diferente. Y si bien la figura del self-made man y el hecho de construirse a uno mismo casi de la nada es tal vez el estímulo más fuerte que pueda tenerse, no puedo dejar de pensar en los extremos que el azar teje en la vida de las personas. Quién sabe, tal vez a pesar de todo las cosas están siempre en su lugar y son lo que deben ser. Es mejor pensarlo así.
sábado, 15 de enero de 2011
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