Qué dulce es la ingesta de narcóticos.
Algo así como la quintaesencia de la percepción profunda.
sábado, 7 de septiembre de 2013
lunes, 2 de septiembre de 2013
Pensé que este blog estaba muerto
Lo paradójico en muchas personas es que por miedo al fracaso se condenan a no tener éxito malgastando sus vidas en actividades y roles que secretamente detestan (y en muchos casos no tan secretamente).
¿Cómo es eso? Éxito para mí es poder hacer las cosas que uno ama y hacerlas bien, o dicho de otra forma, ser el mejor yo posible.
El punto es que cualquier tarea que uno emprenda -y que valga la pena-
conlleva una dosis importante de esfuerzo y de convivencia con la
frustración, y la única forma de sobrellevar ese proceso es amando lo
que se hace. Por último, creo que no existe otra forma de conocer nuestro auténtico potencial, ya que sin pasión nunca se puede llegar
verdaderamente lejos.
De todo esto se desprenden dos grandes
conclusiones: 1) si uno no se conecta con su verdadera esencia, fracasa;
2) la única forma de ser feliz es siendo uno mismo, sin miedos.
viernes, 27 de julio de 2012
martes, 19 de junio de 2012
A raíz de la mudanza en Austria y, como previsible consecuencia, la masiva venta de libros que ha tenido lugar hoy, me ha dado por pensar en la transformación que ha sufrido a lo largo de estos últimos años mi relación con ellos.
Empezó, como la de muchos, con la compra de mala gana de los prescriptos para el colegio.
Siguió, en la secundaria, con la compra voluntaria de algunos libros que podríamos llamar iniciáticos, siendo el primero de ellos (o el primero que recuerdo) "El túnel" de, como suelo decir, el tótem de la alegría: Ernesto Sábato (ese viejo amargado que a los 16 años nos hace creer que estamos descubriendo las verdades últimas del Universo).
Después vino un derrotero menor por los caminos de Dostoievski, Bioy Casares, más Sábato, un poco más de Dostoievski, algo de filosofía, Marx, Gramsci, etc. (oh, sí, algún día yo también fui de izquierda).
Bueno, el hecho es que llegué a los veinte años con el firme propósito que todo lector que se precie de tal lleva consigo: la construcción de mi biblioteca.
Así fue entonces como durante años me entregué a interminables recorridos por librerías de viejo, husmeando entre anaqueles y encontrando de a poco los libros que más tarde adornarían dignamente mis estantes: Flaubert, Balzac, Hemingway, Nietzsche, Popper, Wilde, Baudelaire, etc.
Todo eso hasta que un día crucé finalmente la frontera del mal, es decir, leí un libro en formato digital.
Y no sólo lo leí, sino que fue uno de los libros más transformadores de mi vida.
Imaginen la situación por un momento: un no-libro, es decir un simple texto no editado en papel, había logrado emocionarme.
En pocos días, el velo del prejuicio se corrió por completo y puso en evidencia lo obvio: lo importante había sido siempre el contenido, no el soporte.
Hasta ese momento, para mí, la lectura de verdad, la lectura con mayúsculas, era la de los libros/papel. Los libros digitales eran, en cambio, para los no lectores, gente fría y sin el vuelo necesario para leer cosas fuera del universo técnico/científico.
Y si bien el objeto libro en sí puede ser algo digno de coleccionarse (como cualquier cosa bien hecha por un ser humano; sobre todo si, como en mi caso, se tiene alma de coleccionista), reconozco que a partir de entonces mi relación con el libro/papel ya no fue la misma.
Para decirlo con claridad: a partir de entonces básicamente dejé de comprar los libros que podía conseguir en formato digital.
Dejó de interesarme tener en mi biblioteca el ejemplar en particular que había leído, empezó a molestarme cada vez más la falta de espacio y, tan poco afecto a las relecturas completas como veinte años en contacto con los libros me lo pueden demostrar, empecé a sentir que lo realmente importante había estado siempre conmigo: las ideas que la sumatoria de todos esos libros me habían dado.
Por supuesto que siempre habrá libros que, tal vez por costumbre y porque ya me han acompañado durante tanto tiempo, conservaré: algunas buenas ediciones de obras inmortales de la literatura universal, la colección de revistas Sur con notas de Borges, los regalados por amigos y gente que quiero, primeras ediciones, etc.
Miércoles veinte de junio de dos mil doce. Todo eso pensaba hoy cuando las pilas atravesaban la puerta.
Por fin, creo que la venta de libros que uno ha amado, así como las mudanzas, nos permiten ejercitar una virtud esencial para la vida: la virtud del desapego.
No es poco.
Empezó, como la de muchos, con la compra de mala gana de los prescriptos para el colegio.
Siguió, en la secundaria, con la compra voluntaria de algunos libros que podríamos llamar iniciáticos, siendo el primero de ellos (o el primero que recuerdo) "El túnel" de, como suelo decir, el tótem de la alegría: Ernesto Sábato (ese viejo amargado que a los 16 años nos hace creer que estamos descubriendo las verdades últimas del Universo).
Después vino un derrotero menor por los caminos de Dostoievski, Bioy Casares, más Sábato, un poco más de Dostoievski, algo de filosofía, Marx, Gramsci, etc. (oh, sí, algún día yo también fui de izquierda).
Bueno, el hecho es que llegué a los veinte años con el firme propósito que todo lector que se precie de tal lleva consigo: la construcción de mi biblioteca.
Así fue entonces como durante años me entregué a interminables recorridos por librerías de viejo, husmeando entre anaqueles y encontrando de a poco los libros que más tarde adornarían dignamente mis estantes: Flaubert, Balzac, Hemingway, Nietzsche, Popper, Wilde, Baudelaire, etc.
Todo eso hasta que un día crucé finalmente la frontera del mal, es decir, leí un libro en formato digital.
Y no sólo lo leí, sino que fue uno de los libros más transformadores de mi vida.
Imaginen la situación por un momento: un no-libro, es decir un simple texto no editado en papel, había logrado emocionarme.
En pocos días, el velo del prejuicio se corrió por completo y puso en evidencia lo obvio: lo importante había sido siempre el contenido, no el soporte.
Hasta ese momento, para mí, la lectura de verdad, la lectura con mayúsculas, era la de los libros/papel. Los libros digitales eran, en cambio, para los no lectores, gente fría y sin el vuelo necesario para leer cosas fuera del universo técnico/científico.
Y si bien el objeto libro en sí puede ser algo digno de coleccionarse (como cualquier cosa bien hecha por un ser humano; sobre todo si, como en mi caso, se tiene alma de coleccionista), reconozco que a partir de entonces mi relación con el libro/papel ya no fue la misma.
Para decirlo con claridad: a partir de entonces básicamente dejé de comprar los libros que podía conseguir en formato digital.
Dejó de interesarme tener en mi biblioteca el ejemplar en particular que había leído, empezó a molestarme cada vez más la falta de espacio y, tan poco afecto a las relecturas completas como veinte años en contacto con los libros me lo pueden demostrar, empecé a sentir que lo realmente importante había estado siempre conmigo: las ideas que la sumatoria de todos esos libros me habían dado.
Por supuesto que siempre habrá libros que, tal vez por costumbre y porque ya me han acompañado durante tanto tiempo, conservaré: algunas buenas ediciones de obras inmortales de la literatura universal, la colección de revistas Sur con notas de Borges, los regalados por amigos y gente que quiero, primeras ediciones, etc.
Miércoles veinte de junio de dos mil doce. Todo eso pensaba hoy cuando las pilas atravesaban la puerta.
Por fin, creo que la venta de libros que uno ha amado, así como las mudanzas, nos permiten ejercitar una virtud esencial para la vida: la virtud del desapego.
No es poco.
domingo, 17 de junio de 2012
sábado, 19 de mayo de 2012
Más de una vez he hablado de la importancia de enfocarse, de
usar la energía vital para las cosas que uno ama.
Y sí, eso está muy bien. Pero habría que decir algo más,
quizás tan importante como lo primero: aún cuando uno haga las cosas que ama,
casi todo logro más o menos importante tiene zonas grises, momentos no del todo
agradables y en los que se pelea contra cierto grado de dificultad.
El que decide tocar la guitarra, por ejemplo, se encontrará
durante un buen tiempo con la sensación de que sus dedos no responden. Se
sentirá profundamente torpe e incapaz.
Lo mismo puede decirse de cualquier otra área de
conocimiento, en particular las de menor contenido lúdico.
Asumámoslo: hacer lo que uno ama no implica ausencia de
frustración.
La frustración y la sensación cotidiana de fracaso forman
parte de todo proceso de aprendizaje y tener éxito consiste en saber lidiar con
esas emociones negativas y convertirlas en algo pasajero.
Y acá viene la clave, entonces: sentir amor por eso que se
hace, tener una convicción profunda y absoluta de querer llegar a determinada
meta, es el único combustible con el que se puede atravesar ese tramo complicado
de la ruta.
De lo contrario uno termina quedándose siempre al borde del camino, perdido e impotente.
De lo contrario uno termina quedándose siempre al borde del camino, perdido e impotente.
jueves, 10 de mayo de 2012
Así como para lograr cualquier tipo de habilidad física es necesario invertir cierta cantidad de tiempo y esfuerzo, el mismo principio aplica en el campo de las habilidades emocionales.
Esto es algo absolutamente esencial si uno se propone internalizar nuevas ideas (que terminan siendo con el tiempo cambios de paradigma y cosmovisión), pero a lo que pocas veces se presta debida atención.
El problema, creo, es la falsa sensación de cambio que producen las ideas nuevas.
Si yo decido aprender a tocar el piano, necesariamente tocaré pésimo durante un buen tiempo, hasta que mi cerebro sea capaz de enviar las órdenes adecuadas a mis manos y éstas de obedecer.
Y es así por la sencilla razón de que ni mi cerebro ni mis manos conocen esa tarea.
Ahora bien, las ideas no funcionan de la misma forma. Una idea nueva es algo que uno puede comprender inmediatamente y tiene la sensación de que como la ha comprendido y hasta es capaz de explicarla, ya se encuentra disponible como recurso.
El problema, repito, es que no es así. Y no lo es porque las ideas productoras de cambio deben librar una batalla cruel e implacable contra ideas viejas instaladas probablemente desde hace años, quizás una vida. Y la fuerza de esas ideas es tal y uno las ha hecho crecer durante tanto tiempo, que se necesita de una fuerza equivalente para derrotarlas.
Entonces, no alcanza con leer un gran libro o escuchar una gran frase. Es necesario, en cambio, leer 20, 30, 40 libros con ideas similares y machacar incansablemente, día y noche, esos conceptos.
Y no sólo machacar, sino actuar en consecuencia, porque de lo contrario nuestra mente advertirá la impostura y descartará todo, considerándolo poco más que una farsa.
¿Cuántas veces uno ha sentido que una nueva visión de las cosas arrasaba con todo lo previamente aceptado para comprobar, algún tiempo después, que esa misma visión terminaba completamente diluida?
Si uno realiza una serie de ejercicios, quizás tenga suerte y los músculos se hinchen un poco, pero si no sigue con las series durante un buen tiempo los músculos volverán a su forma original, no sólo porque el esfuerzo fue insuficiente, sino porque la atrofia es su esencia.
Del mismo modo, un cerebro habituado a pensar de determinada forma durante años, necesita una fuerza equivalente capaz de revertir la inercia.
Un libro no alcanza. Una serie de ejercicios tampoco.
La diosa Fortuna ama a los perseverantes.
Esto es algo absolutamente esencial si uno se propone internalizar nuevas ideas (que terminan siendo con el tiempo cambios de paradigma y cosmovisión), pero a lo que pocas veces se presta debida atención.
El problema, creo, es la falsa sensación de cambio que producen las ideas nuevas.
Si yo decido aprender a tocar el piano, necesariamente tocaré pésimo durante un buen tiempo, hasta que mi cerebro sea capaz de enviar las órdenes adecuadas a mis manos y éstas de obedecer.
Y es así por la sencilla razón de que ni mi cerebro ni mis manos conocen esa tarea.
Ahora bien, las ideas no funcionan de la misma forma. Una idea nueva es algo que uno puede comprender inmediatamente y tiene la sensación de que como la ha comprendido y hasta es capaz de explicarla, ya se encuentra disponible como recurso.
El problema, repito, es que no es así. Y no lo es porque las ideas productoras de cambio deben librar una batalla cruel e implacable contra ideas viejas instaladas probablemente desde hace años, quizás una vida. Y la fuerza de esas ideas es tal y uno las ha hecho crecer durante tanto tiempo, que se necesita de una fuerza equivalente para derrotarlas.
Entonces, no alcanza con leer un gran libro o escuchar una gran frase. Es necesario, en cambio, leer 20, 30, 40 libros con ideas similares y machacar incansablemente, día y noche, esos conceptos.
Y no sólo machacar, sino actuar en consecuencia, porque de lo contrario nuestra mente advertirá la impostura y descartará todo, considerándolo poco más que una farsa.
¿Cuántas veces uno ha sentido que una nueva visión de las cosas arrasaba con todo lo previamente aceptado para comprobar, algún tiempo después, que esa misma visión terminaba completamente diluida?
Si uno realiza una serie de ejercicios, quizás tenga suerte y los músculos se hinchen un poco, pero si no sigue con las series durante un buen tiempo los músculos volverán a su forma original, no sólo porque el esfuerzo fue insuficiente, sino porque la atrofia es su esencia.
Del mismo modo, un cerebro habituado a pensar de determinada forma durante años, necesita una fuerza equivalente capaz de revertir la inercia.
Un libro no alcanza. Una serie de ejercicios tampoco.
La diosa Fortuna ama a los perseverantes.
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