domingo, 29 de mayo de 2011

lunes, 23 de mayo de 2011

Valparaíso


Una de las cosas que me gustan de volver a ver fotos viejas es la ilusoria cercanía que puedo tener con aquel que fui. Por ejemplo en esta imagen puedo reconocer claramente los días finales de un viejo yo. Por supuesto que en ese momento no tenía la más remota idea de que lo fueran, sobre todo considerando la mística que había rodeado a ese viaje, las charlas con Esperanza, etc. Sin embargo así fue. Entre otras cosas, llevaba en mi mochila dos compañeras de ruta que afortunadamente hoy ya no me acompañan. Una, mis ideas de izquierda. La otra, una total falta de claridad con respecto a qué hacer con mi vida.
 

domingo, 1 de mayo de 2011

lunes, 18 de abril de 2011

Historia de un insecto

El viernes a la noche, antes de irme a acostar, noté la presencia de un extraño insecto apoyado del lado izquierdo de la pared sobre la que da el monitor de mi computadora.
De color verde, con unas alas sospechosas, despertó mi instinto de supervivencia y terminó literalmente aplastado en el exacto rincón sobre el que segundos antes se posaba. El golpe fue tan certero que la lámina en que quedó convertido no llegó a distorsionar en absoluto sus formas, iniciando a partir de entonces un proceso de secado que al día de hoy parece haber concluido.
El hecho es que tengo a Pedro (así lo bauticé) en el ángulo superior izquierdo de mi monitor y cada tanto, involuntariamente, se cruza con mi mirada. Más de una vez he pensado en ir a buscar un trapo para hacerlo desaparecer, pero por uno u otro motivo no me decido a hacerlo. Me pregunto si tal vez algún día alguien lo mirará con la misma fascinación con que yo mismo contemplé unas hojas de helechos del Triásico en Ischigualasto y si terminará petrificado y acaso sobrevivirá a su verdugo y al monitor que oficia de centinela a escasos centímetros. Porque claro, uno decide dar muerte a un pobre insecto, pero no decide las consecuencias que ese mísero acto puede eventualmente acarrear. Como decía, podría ir a buscar un trapo y terminar con todo el asunto y dejar toda esta serie de disquisiciones banales a un lado. Pero por alguna razón no lo hago, y me pregunto cómo terminará la historia de Pedro y la mía. Verlo posado sobre la pared me generó el impulso de aplastarlo. Verlo aplastado contra la pared me inclina, en cambio, hacia los caprichos del azar.

martes, 12 de abril de 2011

Levedad

Hay días en los que literalmente quisiera desintegrarme.
Hoy es uno de esos días.

viernes, 1 de abril de 2011

martes, 29 de marzo de 2011

Terapia

Hace ya un tiempo que noto cierto patrón en mis sesiones con el analista y es que se extienden bastante más de la cuenta. Digamos, una sesión de 30 minutos suele durar 40, incluso a veces 45. No tengo la más remota idea de si esto es algo normal, una suerte de estándar para los analistas, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces es casi criminal cortar cierta hilación de un paciente que acaba de entrar en arenas movedizas. Pero el punto que quería remarcar es que me gusta sentir que mi analista se engancha con lo que le estoy contando, no porque eso sea importante en sí (lo importante en una terapia soy yo, y la capacidad de mi analista de ayudarme a pensar) sino porque la impresión de que es así facilita el hecho de soltarme e intentar comunicar al menos una parte de mí. Y digo una parte porque claro, las cosas que tendría que contar son tantas y por momentos es tan difícil tratar de hacerle entender a otro qué cosas se han vivido, por qué se actúa como se actúa y, finalmente, cuáles son los pequeños y grandes acontecimientos que lo han llevado a uno a ser quien es, que a veces no dan ni ganas de empezar. Lograr esa transferencia de emociones es una de las cosas más complicadas del mundo. Con todo, el intento quizás valga la pena. Aunque más no sea para escucharse a uno mismo en voz alta y en compañía de un testigo (asumámoslo) calificado.